Cine y Derecho: sí, quiero

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No recuerdo ningún momento de mi vida sin vincularlo a alguna película. Me pasa igual con las canciones. A veces sin darme cuenta, otras queriendo, pero pasa la vida y todos llevamos una bso y una filmografía a nuestras espaldas. Recuerdo con nostalgia la primera película que vi en el cine, Los Picapiedra. Y también, aquellas reflexivas proyecciones del colegio, como Hotel Rwuanda o La Misión, llenas de guiños jurídicos que para mí yo de entonces pasaban desapercibidos.

Años más tarde, ya en la facultad de Derecho, asistí todos los jueves durante tres años a los cursos de Derechos Humanos. Eran una especie de club de cine y debate donde un ponente reconocido a nivel nacional o internacional compartía su opinión sobre el tema que tocase ese día. Se proyectaba una película, se discutía en el coloquio, y finalmente llegaba el turno de preguntas y conclusiones. Como pasa -por desgracia- con casi todo en la vida, ahora que no los tengo los valoro mucho más que cuando los tenía.

Eran tiempos en los que los cinéfilos sólo teníamos tres opciones (legales): 1.- Ver la película en el cine; 2.- Comprarla meses más tarde cuando saliera a la venta; 3.- Alquilarla en el videoclub. Times they’re a changin’ decía Dylan. Y cómo han cambiado. No olvidaré una frase predictiva de mi padre en 2007 cuando me dijo: «Laura, en poco tiempo tendremos el videoclub en casa, ya verás, viene una revolución». Me hizo feliz sólo de pensar en ese extenso abanico de posibilidades sin salir de casa. Tardó años en llegar a España, pero mi sueño se hizo realidad en octubre de 2015 con Netflix.

Todas las disciplinas jurídicas se han visto reflejadas en el séptimo arte. Es un flechazo, una conexión que les une y funciona con mayor o menor fidelidad. El cine plasma la vida, la historia, y como no, el Derecho que diariamente está presente en nuestras vidas. Lo acerca a la sociedad recreando ambientes y personajes conectados con la justicia, ofreciendo una visión global de los diferentes ordenamientos jurídicos del mundo.

Muchos opinan que el cine más realista y objetivo tendría que ser el documental, y en parte es verdad, pero no nos olvidemos que también ha sido creado con matices y valoraciones subjetivas. Teniendo en cuenta que la mayoría de las películas son norteamericanas, lo que captamos es la visión de los ordenamientos pertenecientes al Common Law, visión alejada de la que nosotros tenemos por nuestra tradición jurídica continental, creándonos así otros puntos de vista, como cuando conocemos nuevas ciudades. Cultura jurídica o lex cultus a fin de cuentas.

Voy a clasificar mis películas jurídicas favoritas en orden cronológico dentro de sus disciplinas correspondientes, incluyendo un pequeño análisis de cada una de ellas:

M, el Vampiro de Düsseldorf, 1931, de Fritz Lang. Expresionismo alemán. Derecho constitucional, penal y procesal penal. Cuando Fritz Lang dirigió esta película, Alemania experimentaba un aumento significativo en el número de homicidios y robos creándose un clima de gran inseguridad. La capitulación en la I Guerra Mundial y la firma del Tratado de Versalles provocaron una fuerte crisis y los años 20 estuvieron marcados por un descontento popular, una alta tasa de desempleo, e inflación. Todas estas causas contribuyeron «a posteriori» al auge del nazismo, al exilio del director Lang a Estados Unidos, y a la aparición de uno de los asesinos más temidos de esa etapa en Alemania que fue Peter Kurten, «El vampiro de Düsseldorf», un psicópata infanticida al que el director Lang convirtió en el protagonista de su primera película sonora. Más cosas. Fue una de las primeras proyecciones de cine negro de la historia por su ambientación lúgubre y por primera vez en el cine, Lang introdujo la investigación de huellas dactilares. En vez de ser explícito opta por lo implícito, que muchas veces dice más de lo que se nos muestra a simple vista: una pelota rueda por el suelo y un globo explota atrapado entre los alambres, sin sangre que salpique la pantalla. Algo que siempre me ha llamado la atención del cine negro es la importancia que se le da al silencio para crear situaciones de tensión. Aquí, unido al silencio, la presencia del asesino se asocia a una melodía, con la que el cineasta austriaco busca mostrarnos la tensión y el terror que sufre la población de Berlín con un asesino de niñas suelto. El abogado de oficio que se le adjudica al asesino expone que nadie está autorizado a condenar la muerte a otra persona, tan solo el Estado, y concluye que toda persona merece un juicio justo con todas las garantías, distinguiendo así entre justicia y venganza.

Doce hombres sin piedad, de Sydney Lumet, la agrupo dentro del Derecho Penal y Procesal Penal igual que Testigo de Cargo de Billy Wilder, ambas de 1957. La primera la protagoniza un arquitecto escogido para formar parte de un jurado popular y enfrentarse con la palabra a once hombres que tienen decidido el destino del condenado: la silla eléctrica. Analiza cómo influye en un proceso penal y en general en el derecho, la argumentación y la lógica jurídica. Es maravillosa. La segunda, Testigo de Cargo, es un rompecabezas judicial por el que no pasa el tiempo. Retrocedemos a la Inglaterra de 1952, dónde Wilfred Robards es un ilustre abogado que por prescripción médica tiene que abandonar el alcohol, el tabaco y el mundo jurídico. Justo en ese momento se le presenta un caso. En su despacho, se planta un hombre acusado de asesinar a una rica viuda con la que mantenía una relación de amistad. El abogado Robards sin dudarlo, ignorando las recomendaciones de su médico, asume la defensa del presunto asesino. La única persona que dispone éste para testificar es su esposa, interpretada por Marlene Dietrich, pero ella no está dispuesta a hacerlo en favor de su marido. Destaco una frase de Dietrich, siempre tan refinada, en la que dice: “Nunca me desmayo porque no estoy segura de caer con elegancia“. Oh la, la, très sophistiqué.

En la misma línea del derecho penal, Anatomía de un asesinato, 1959, de Otto Preminger. Voy a empezar citando a su actor principal, James Stewart, porque con su presencia ya sabemos que va a merecer la pena. Su actuación destaca por sus movimientos lentos, pensando detenidamente antes de hablar con una envidiable rapidez mental. Llama la atención el papel que protagoniza en esta película, totalmente contrario a todos sus habituales: se pone en el papel de un abogado que defiende a un culpable de cometer un crimen. El origen de la película lo he encontrado en un caso real de Michigan y por lo visto, Otto, el director, rodó en algunos de los escenarios originales, dándole un plus de realismo. Se trata de un matrimonio inestable. Ella coquetea con todos pero al mismo tiempo siente que quiere estar con su marido, quién está desbordado por los celos. Desde el principio se sabe que el acusado es culpable del asesinato y es el espectador el que tiene que decidir y juzgar qué es lo que está bien y qué mal. Se disfruta de un Stewart defendiendo algo indefendible y deleitándonos al piano en varios momentos -dónde el director le da un toque culto muy interesante-.

Matar a un ruiseñor, 1962, de Robert Mulligan, la incluiría dentro del Derecho Constitucional con un guiño a los Derechos Humanos, aunque verdaderamente se trata la profesión de abogado penalista «per sé» con una visión bastante idealizada. La trama se desarrolla en un pueblo del sur de Estados Unidos en medio de la Gran Depresión y es un reflejo de la sociedad americana en la década de los sesenta. Pero ojo, no se centra en el sistema judicial del sur de los Estados Unidos, a pesar de que el juicio ocupe gran parte de la trama, sino de un sistema moral cargado de prejuicios. ¿Logrará el abogado Atticus Finch convencer al jurado popular de la inocencia de un hombre negro acusado de violar a una mujer blanca?

Veredicto final, 1983, de Sidney Lumet. Deontología, Derecho Civil, responsabilidad civil médica y sanitaria. La justicia está llena de lagunas que sólo la ética puede llenar. Un abogado pasa de trabajar en un bufete de éxito a ser un tipo deprimido y alcohólico -interpretado excepcionalmente por Paul Newman-, que va dejando su tarjeta de visita en hospitales y tanatorios, y sobrevive a base de casos contados con los dedos de una mano. Un pozo emocional. El inicio de la película es muy ilustrativo; el paisaje es gris e invernal y su vida transcurre en un bar donde bebe, fuma, y juega al Pinball. Falla la última bola y mira al vacío pensativo, su vida es una derrota. Hay planos en el cine que valen por películas enteras. Años antes, se le presentó un caso de una negligencia médica ocurrida en un hospital de Boston, perteneciente al arzobispado, que todavía está sin resolver. Se lo recuerdan, y a pesar de su situación actual tan miserable y decadente, decide ponerse manos a la obra no sólo para conseguir una indemnización para los familiares y recuperar su casi extinto espíritu de abogado, si no también para rehabilitarse como persona.

Algunos hombres buenos, 1992, de Rob Reiner. Derecho procesal militar. ¿El reparto enamora? Sí. Un atractivo Tom Cruise de 26 años es el abogado de la marina de los Estados Unidos, Daniel Kaffee; Demi Moore es la comandante Galloway, abogada de la marina también, especializada en legislación naval; Kevin Bacon, Fiscal; y mi gran Jack Nicholson, el coronel Jessep, comandante jefe de la base de Guantánamo, que aparece poco pero su actuación es sublime. ¿La trama enamora? Sí. Un soldado de personalidad débil tiene problemas para superar las pruebas de la base de Guantánamo y pide un traslado. El comandante jefe de la base lo deniega y ordena a dos marines que lo «entrenen». Resulta excesivo, muere, y lo que de buenas a primeras podría ser un homicidio involuntario, se convierte en un presunto asesinato encubierto por la marina norteamericana. El abogado de los dos marines, Daniel Kaffee, supervisado por la comandante Galloway, basa su defensa en el hecho de que actuaron en cumplimiento de la orden de su superior -código rojo- por lo que tienen que quedar exentos de responsabilidad criminal. Hay que averiguar quién ordenó realmente ese código rojo. La película gira por tanto, en torno a un proceso militar que tiene como partes a Estados Unidos y a dos marines que según la acusación han matado a su compañero. Es interesante observar cómo se va desarrollando la fase pre-procesal previa al litigio, de preparación; la fase de juicio y la sentencia o decisión final.

Viene bien para comparar el sistema estadounidense con el de aquí y, entre otras cosas, analizar algunas diferencias relacionadas con las posiciones de las partes en un juicio. En España nos encontramos con una tarima elevada en forma de «U» en la que se colocan el Juez y el Letrado de la Administración de Justicia, antiguo Secretario Judicial. En la mesa de su derecha, se sientan el abogado y el procurador de la parte demandante, y en su caso, el Ministerio Fiscal; en la mesa de su izquierda, el abogado y procurador de la parte demandada. Acusados, testigos, y peritos, declaran en un micrófono situado fuera de la tarima en la parte inferior, en el centro de la sala en frente del juez. Los que nunca pueden estar de pie, ni moverse por la sala son el Juez, el Fiscal y los abogados. Por lo que los paseos, gritos, etc. que aparecen en la película o el mítico «protesto señoría», que lo vemos en casi todas las películas y series americanas, aquí serían motivo de expulsión de la sala.

Philadelphia, 1993, de Jonathan Demme. Derecho Civil, Procesal Civil y Laboral. Di con esta película un frío y lluvioso día de enero. Salía de un examen de Historia del Derecho Español preocupada por una pregunta que había caído y que yo había pasado por alto en el temario: «La Navarra visigoda». Recuerdo haber agotado toda mi imaginación para responderla hasta llenar dos hojas, milagrosamente. Había que intentarlo -siempre hay que intentarlo-. Volví a casa escuchando «Streets of Philadelphia» de Bruce Springsteen, una canción de reflexión. Esa noche, decidí investigar sobre ella y descubrí que era la bso de «Philadelphia». Me puse a verla. La ciudad en pantalla y la canción de Bruce de fondo me teletransportaron «ipso facto» a los Estados Unidos de los 90. Una secuencia de imágenes perfecta. Sus calles, sus gentes -de todas las clases sociales-, sus edificios, sus monumentos, la belleza de los detalles. Tom Hanks interpreta a un abogado homosexual, enfermo de sida que es discriminado y despedido por el bufete en el que trabaja al enterarse de ello. A partir de ahí se abre un proceso judicial por despido improcedente y entra en escena el abogado que contrata para su defensa, interpretado por Denzel Washington, tras un largo camino de búsqueda puesto que, inicialmente, nadie quiere defenderle. Dos actorazos protagonistas -tres junto a Antonio Banderas- y un director que viene de rodar «El Silencio de los Corderos» en 1991. El director Demme crea momentos que se quedan grabados en la memoria gracias a su hábil uso de la música, una de las mejores armas de la película en mi opinión. 1.- Bruce Springsteen, 2.- Aria de Andrea Chénier interpretada por Maria Callas y 3.- Neil Young. What else?

Para completar este post, más adelante haré un análisis de la película «Vencedores y vencidos» sobre los Juicios de Núremberg, y otro sobre las adaptaciones cinematográficas de los libros de John Grishman («La Tapadera», «El Cliente», «El Informe Pelicano», etc.).

¿Cine y Derecho?

Sí, quiero.

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