
Ayer tuve la oportunidad de asistir a una ponencia sobre la aplicación de Big Data e Inteligencia Artificial en el mundo jurídico, también denominado Legaltech. Llevaba tiempo esperando con interés una jornada así en San Sebastián ya que en otras ciudades se vienen celebrando últimamente con asiduidad. Estados Unidos y Reino Unido lideran esta materia en este momento, pero España no se queda atrás puesto que el próximo 18 de mayo se va a celebrar aquí en Donostia el II Congreso Internacional sobre Legaltech y Startups Jurídicas de la mano de Jorge Campanillas.
Junto al próximo Reglamento Europeo de Protección de Datos, aplicable a partir del 25 de mayo, pocos temas son tan de actualidad como éste. El tiempo avanza rápido, es evidente la inclusión digital. Nos invade la tecnología, esto no es nuevo. Es una realidad de un tiempo a esta parte, y el sector jurídico le ha tenido mucho respeto a la innovación, con razón, en un mundo cada vez más de ingenieros, ordenadores cada vez más potentes, más «humanos» y paradójicamente a la vez deshumanizados; letrados con la necesidad imperiosa de actualizarse con conocimientos tecnológicos que les ayuden en esta inevitable transformación digital.
Pero, ¿cómo? Personalmente creo que la inteligencia artificial debe aplicarse con sentido, es decir, facilitándonos a los abogados las labores de búsqueda en las bases de datos; mejorando el filtrado de información; optimizando nuestro tiempo -siempre tan valioso para todos-, ayudándonos, en definitiva, en nuestro día a día. Los escépticos se preguntarán, ¿será una burbuja? Definitivamente no: son muchos los despachos especializados en estas materias y cada vez más clientes se interesan por saber las implicaciones jurídicas del reconocimiento facial, el reconocimiento de voz, la regulación legal de las nuevas tecnologías en general, terreno denso con un acusado vacío legal donde el Legaltech podría sernos muy útil.
Internet ha abierto la posibilidad de que el conocimiento del derecho ya no esté solo en manos de los abogados y aquellos libros pesados que se acumulaban en las estanterías, alrededor de las mesas macizas de cerezo que le daban un toque nostálgico a los despachos que a mí me maravilla. Por eso diría que no ha hecho más que empezar esta revolución que en su día empezó Asimov. Los escépticos insistirán, ¿la inteligencia artificial es una amenaza o una oportunidad? Isaac lo tenía claro en sus novelas de ciencia ficción: «yo no temo a los ordenadores, temo quedarme sin ellos». Yo, sin embargo, haciendo de abogado del diablo, voy a desconfiar de la frase del novelista y opinar que el tiempo lo dirá, mientras tanto seguiré con atención las últimas novedades.